Pancho: el mono de mi infancia que me enseñó a amar y respetar
Descripción de la publicación
10/26/20262 min read


Pancho el mono que me enseñó otra forma de amar
Mi amor por los animales comenzó en mi infancia. Uno de mis primeros recuerdos tiene nombre: Pancho, un mono que mi papá llevó a casa cuando yo tenía unos siete años.
Era inquieto, curioso y muy gracioso. Nos seguía por toda la casa y, cuando menos lo esperábamos, ¡ya lo teníamos encima de la cabeza! Jugábamos con él, le dábamos banana y nos reíamos de sus ocurrencias. En la habitación de mi hermano teníamos palos por todas partes para que pudiera moverse.
Todos lo amábamos, aunque mi mamá no estaba tan encantada. Pancho hacía demasiados desastres y ella terminaba lidiando con sus travesuras. Lo que para nosotros era diversión, para ella era una paciencia puesta a prueba.
Para mí, Pancho era un compañero de juegos. A esa edad no me preguntaba si nuestra casa era el lugar adecuado para él. Solo quería tenerlo cerca.
Una despedida dolorosa
Llegó un momento en que mi mamá se cansó de sus travesuras y llevaron a Pancho a la finca. Allí ocurrió algo muy triste: según nos contaron, un animal al que llamaban un tigre, que estaba causando problemas en la zona, lo atacó y lo mató.
Recuerdo que fuimos a la finca y creo que solo quedaba algo de su ropa. Hay detalles que el tiempo ha vuelto borrosos. La tristeza, en cambio, todavía la recuerdo.
Entonces mi mamá dijo algo que se quedó conmigo: Pancho era un animal silvestre. Lo habíamos acostumbrado a vivir entre personas, pero debíamos respetar su naturaleza y su hábitat.
Ella pensaba que depender de nosotros lo había dejado menos preparado para los peligros de la finca. Hoy no puedo saber si eso influyó en lo ocurrido. Pero con los años comprendí la enseñanza que intentaba dejarnos.
Querer también es respetar
A los siete años, amar a Pancho significaba jugar con él y darle comida. De adulta entendí que cuidar a un animal requiere conocer sus necesidades, aunque sean distintas de nuestros deseos.
Los animales silvestres necesitan condiciones adecuadas para su especie. Nuestro cariño no convierte una casa en el lugar apropiado para ellos.
Comprenderlo no significa culpar a la niña que fui. Yo lo quería con lo que sabía entonces. Hoy miro ese recuerdo con ternura y reconozco cuánto me enseñó.
Mi mamá, que parecía ser quien menos disfrutaba de Pancho, nos dejó una reflexión que aún me acompaña: amar a los animales también implica respetar el lugar al que pertenecen.
Todavía lo recuerdo curioso, travieso, siguiéndonos por la casa. Su historia me dejó una pregunta que hoy forma parte de SusuPaw: ¿esto que quiero hacer por un animal responde a lo que él necesita?
Pancho fue una de las primeras raíces de mi amor por los animales. Su recuerdo me enseñó que amar también significa aprender, escuchar y respetar su naturaleza.
¿Qué animal de tu infancia te dejó una enseñanza para toda la vida?




